Cuando a mi hija de 2 años le ordeno recoger los juguetes después de distribuirlos por toda la casa, no le gusta y me contesta con una pedorreta bucal, a modo de protesta.
Cuando le regaño por emular a Miguel Ángel, pintando en las paredes (mi pobre e impúber artista) y no en un lienzo como Van Gogh, protesta airadamente con otra magnífica pedorreta.
Cuando lleva mucho tiempo en el coche y se cansa de estar sentada sin hacer nada, me ofrece otra de sus maravillosas y significativas pedorretas.
Qué grandes son los bebés y los niños pequeños. Con algunas de sus actitudes nos enseñan que, a veces, saber hablar no significa comunicarse mejor.
Ahora ya he aprendido la lección que me imparte mi hija cada día...
Cada vez que veo a Leire Pajín (hueca por dentro, repintada por fuera) diciendo estupideces sobre la paridad en las empresas o a ZP soltando un discurso pomposo y vacío, descargando su mirada de suficiencia a “su” público; cuando veo algún anuncio de Movi$tar “regalándome” una tarifa que todos sabemos que es igualmente cara (seguramente más, si te descuidas); cuando mi empresa me dice que “este años tampoco ha podido ser, la coyuntura económica no lo permite y bla, bla, bla”; cuando oigo a alguno de los vagos ilustres de la patulea sindicalista hablar de jóvenes y “jóvenas”; o, en fin, a cualquier otro idiota surcando orgulloso nuestros mares políticos con las velas hinchadas de estupidez, suelto una sonora pedorreta y me quedo tan pancho.
Porque, a veces, saber hablar no significa comunicarse mejor.

